sábado, 29 de octubre de 2011

El tren que ya no se detiene allí

El tren camina y camina,
y la máquina resuella,
y tose con tos ferina.
¡Vamos en una centella!

El tren es el símbolo de mi infancia. Aún hoy un raíl asfixiado en la ciudad me recuerda al tren salvaje y natural  que recorría los campos hacía mi casa. Hace poco Google maps me llevó a la estación de tren donde pasé tantos veranos. La estación abandonada de un pueblo decadente, donde ya nadie más vive. Encontré muchas fotos de ella, algunas descripciones; Recuerdo a mis vecinos, los pastores que se acercaban, la carretera que la acariciaba, el cura de la ermita cercana, el panadero que venía con su camioneta, a los otros jefes de estación, a los maquinistas que paraban por allí... Pero ese lugar es mío. No había en mí anhelos, sed de experiencias, sueños de recuerdos ajenos, solo nostalgia. Esa estación es mía y de nadie más. Nadie ha acariciado y bebido sus rincones como yo. Allí yace mi infancia.

Lloré cuando lo vi, y lloraré cuando vuelva allí. La arena de su reloj se ha derramado, ya ha regalado todos los bellos recuerdos que podía producir, y sólo es un mausoleo de lo que un día fui. Sólo queda vacío entre sus aburridas y comunes paredes.

¿Respetará el tiempo ese lugar hasta que yo muera, o será una dantesca lección de efimeridad? ¿Sabrán ver los viajeros del tren que ya solo pasa, el Reino de la Imaginación que allí creé? ¿Será mi escondite, entre los dos muros, bajo el árbol, el lugar místico y misterioso fuera del cual algo en mí se siente extranjero y exiliado?

1 comentario:

  1. Hay algo para lo que nunca estaremos preparados, para ver el inicio del fin como algo sin alma, sólo, cuando de verdad llegue el fin y pasemos a lo siguiente.
    Muy poético Er

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