¿Qué es todo esto? Ahora pienso que un canto de cisne de algo que una vez fui, que pude ser, que desee ser, y no pude. No hubo una catársis creadora al final del proceso, una final de novela donde el amor propio y la aceptación esperaban al final de un largo camino. He acabado sintiendo indiferencia por mí mismo.
Tal vez pesaba demasiado. Traté de ocultarlo como un tesoro. Después lo fui revelando a unos cuantos elegidos que deseaba que conocieran esta parte de mí. Los pocos que saben mi nombre y a los que dí dos palabras que indicaban el camino a quien, al parecer, nadie espera que yo sea. Desarraigo narcisista. Hoy no podría esperar sino indiferencia de todas aquellas personas.
Lo peor de todo, es que ni siquiera a mí me interesa ya esta parte. Estoy cansado de luchas filosóficas, de proyectos poéticos, de pasiones desbordadas. Solo quiero ser feliz. Qué importa que un día en Copenhague Becquer hablara a mí alma como un Dios antiguo. De qué sirve que un día el Sol se desplegara en toda su gloria en la pared de cristal de la facultad de Física de Copenhague mientras Wordsworth profetizó mi infancia.
La sensibilidad exige un alto precio. Hay mujeres que se enamoran de una historia, de un sueño, de una imagen, y que solo sienten decepción cuando ven a la persona que sustenta todo aquello. He visto esa decepción demasiadas veces, durante demasiado tiempo.
¿Qué pretendía esta parte de mí escapándose a través de la red, demasiado cobarde para exhibirse bajo nombre y apellido? ¿Esperaba acaso aceptación de unos desconocidos que fuera buena señal para revelarse a mi círculo? Er solo ha encontrado indiferencia en esta red. Acorde con la indiferencia que recibe Alberto.
Pero lo cierto es que no me importa. Surgen otras metas, otros proyectos, otros sueños. El atardecer sigue clavándose en mi alma. Pero ya no importa. ¿Cómo puede defenderse una débil rosa en el aire viciado, tóxico de esta ciudad? ¿De que sirve un verso, durante una noche eterna junto a una cama de hospital?
Voy a hacer casi 24 años, y no he encontrado a nadie que pueda entender lo que supone para mí una sola frase de Wordsworth. Empiezo a creer que es porque no tiene importancia.
Hoy Alberto remata a Er, pero se molesta en escribirle un epitafio.
Lo cierto es que no podría sentir más arraigo en el día de hoy, no podría sentirme más parte de mis semejantes, o completamente inalienado. Y también me he dejado de interesar. Ya solo me interesa lo que mis débiles y poco desarrolladas capacidades pueden conseguirme para ser feliz. No me interesan las heridas, los momentos, los instantes, las palabras. Teníais razón, todo esto no soy yo.
Puesto que no me siento desarraigado, y he abandonado todo narcisismo, doy por cerrado este blog. Cuánta arrogancia lanzó la semilla de un poeta al viento, y que versos más inútiles pudo finalmente recoger. Pero no me leáis más a mí. Leed a uno de los inmortales, que lo expresará mejor que yo:
Y en el pedestal se leen estas palabras:
"Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes:
¡Contemplad mis obras, poderosos, y perded la esperanza!"
No queda nada a su lado. Alrededor de la decadencia
de estas colosales ruinas, infinitas y desnudas
se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas arenas.
Percy Bysshe Shelley

