Cualquier persona que me conozca sabrá que siento fascinación por el pasado. ¿Qué pasado? Cualquiera. Según la época. Hubo un tiempo en que me fascinaba la cultura clásica, e incluso intenté guiarme por los principios estoicos con un resultado digno de "La conjura de los necios". Por cierto, creo que es el libro mas reciente que he leído desde mi tierna pubertad, en la que leía Harry Potter.
No he ido a ningún concierto, porque mis grupos favoritos hace tiempo que se separaron. Quizás por eso sean mis favoritos. ¿De donde vendrá esa archiconocida sentencia, "cualquier tiempo pasado fue mejor"?.
Probablemente todas las generaciones habrán encadenado la conciencia de vivir en una edad de plata, lejos de otros tiempos mejores. Ahora me fascina aquella Europa convulsa, agitada, y brumosa durante el auge del romanticismo. Pero ellos mismos se retrotraían a la Edad Media y escupían sobre su siglo. Y pensándolo racionalmente no les faltaba razón.
Ubi sunt. ¿Donde quedaron aquellos largos y orgullosos linajes, que eran más conocidos por la gloria de sus blasones que por sus nombres de pila? Donde están aquellos Alba, Niebla, Habsburgo, Capeto, Komnenos... reducidos a seres ridículos, acaparadores de prensa rosa, luchando como hienas en los juzgados por hacerse con el título que un primo segundo extinguió con su último y antiguo aliento. Acumulándolos como los restos de su patrimonio, incapaces de encontrar un futuro al no poder alcanzar su pasado.
¿Qué queda del orgulloso León de Venezia que se alzaba en la República entre mercancías de todos los lugares de Europa, Asia y África?. Tiendas para turistas, funcionarios y guías aburridos repitiendo las mismas historias, incapaces de encontrar otras nuevas entre una ciudad muerta cuyo cadáver explotan.
Y por último, ¿Qué queda de la ciudad que fundó un tal Conde Pedro Ansúrez? Tan agradecida quedó, que derribo su palacio y la iglesia que fundó para hacer edificios de pisitos dignos de barriadas de la Rumanía comunista. Una ciudad que se empeña en construir aparcamientos bajo los cimientos de lo poco que conserva. En cuanto se vio con la primera expansión económica de su historia desde los Habsurgo, no dudó alegremente en destrozar todos los palacios y monasterios ruinosos con desprecio de nuevo rico, y ahora ha perdido lo único que valía la pena en ella: su pasado. Una ciudad que ni siquiera me permite tener nostalgia, solo odio y asco.
Pero me desvío. Hablaba de cómo el presente está a la altura del pasado, solo que una disfunción cognitiva me impedía verlo. Sí. Tal vez en el futuro vean una estatua del señor Amancio Ortega, o de Messi, y puedan admirar orgullosos los ídolos de nuestro tiempo. Podremos arrancar la estatua de Valladolid a Felipe II y colocar: Valladolid, al inversor extranjero. O al turista. O a la cuenta naranja de ING. Sentirán nostalgia de una época que defendía al punto de la barbarie tradiciones como el Toro de la Vega y que miran alegres el cartel del proyecto de centro comercial que se erige sobre los cimientos de un monasterio. Sobre aquellas frías lápidas que encierran antiguos linajes que otros países, más ordenados y proclives a vivir como Hidalgos pobres pero orgullosos de su pasado, veneran.
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