lunes, 21 de octubre de 2013

Assistens Kirkegård


Ya de mi vieja ventana
comienza a ocultarse el Sol.
El viento eleva su sinfonía,
invocando una noche ancestral.

Parecen doblar campanas antiguas
por una época que no volverá.
Lloran al anochecer
por los recuerdos olvidados
de quienes ya han muerto.

Viejos lugares huérfanos
exhalan atónitos, llamando
 a aquellos que los amaron.

Nostálgicos por esa noche
en que los dieron alma y sentido,
con un baile, lágrimas,
o un susurro de amor al oído.

Allí nosotros, los que esperamos,
podremos aún sentirlos,
entre musgo, piedra, papel y río.
No en epitafios pretenciosos
y sepulcros que están vacíos.


miércoles, 25 de septiembre de 2013

Lo pasado

Cualquier persona que me conozca sabrá que siento fascinación por el pasado. ¿Qué pasado? Cualquiera. Según la época. Hubo un tiempo en que me fascinaba la cultura clásica, e incluso intenté guiarme por los principios estoicos con un resultado digno de "La conjura de los necios". Por cierto, creo que es el libro mas reciente que he leído desde mi tierna pubertad, en la que leía Harry Potter.

No he ido a ningún concierto, porque mis grupos favoritos hace tiempo que se separaron. Quizás por eso sean mis favoritos. ¿De donde vendrá esa archiconocida sentencia, "cualquier tiempo pasado fue mejor"?.

Probablemente todas las generaciones habrán encadenado la conciencia de vivir en una edad de plata, lejos de otros tiempos mejores. Ahora me fascina aquella Europa convulsa, agitada, y brumosa durante el auge del romanticismo. Pero ellos mismos se retrotraían a la Edad Media y escupían sobre su siglo. Y pensándolo racionalmente no les faltaba razón.

Ubi sunt. ¿Donde quedaron aquellos largos y orgullosos linajes, que eran más conocidos por la gloria de sus blasones que por sus nombres de pila? Donde están aquellos Alba, Niebla, Habsburgo, Capeto, Komnenos... reducidos a seres ridículos, acaparadores de prensa rosa, luchando como hienas en los juzgados por hacerse con el título que un primo segundo extinguió con su último y antiguo aliento. Acumulándolos como los restos de su patrimonio, incapaces de encontrar un futuro al no poder alcanzar su pasado.

¿Qué queda del orgulloso León de Venezia que se alzaba en la República entre mercancías de todos los lugares de Europa, Asia y África?. Tiendas para turistas, funcionarios y guías aburridos repitiendo las mismas historias, incapaces de encontrar otras nuevas entre una ciudad muerta cuyo cadáver explotan.

Y por último, ¿Qué queda de la ciudad que fundó un tal Conde Pedro Ansúrez? Tan agradecida quedó, que derribo su palacio y la iglesia que fundó para hacer edificios de pisitos dignos de barriadas de la Rumanía comunista. Una ciudad que se empeña en construir aparcamientos bajo los cimientos de lo poco que conserva. En cuanto se vio con la primera expansión económica de su historia desde los Habsurgo, no dudó alegremente en destrozar todos los palacios y monasterios ruinosos con desprecio de nuevo rico, y ahora ha perdido lo único que valía la pena en ella: su pasado. Una ciudad que ni siquiera me permite tener nostalgia, solo odio y asco.

Pero me desvío. Hablaba de cómo el presente está a la altura del pasado, solo que una disfunción cognitiva me impedía verlo. Sí. Tal vez en el futuro vean una estatua del señor Amancio Ortega, o de Messi, y puedan admirar orgullosos los ídolos de nuestro tiempo. Podremos arrancar la estatua de Valladolid a Felipe II y colocar: Valladolid, al inversor extranjero. O al turista. O a la cuenta naranja de ING. Sentirán nostalgia de una época que defendía al punto de la barbarie tradiciones como el Toro de la Vega y que miran alegres el cartel del proyecto de centro comercial que se erige sobre los cimientos de un monasterio. Sobre aquellas frías lápidas que encierran antiguos linajes que otros países, más ordenados y proclives a vivir como Hidalgos pobres pero orgullosos de su pasado, veneran.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Entrada vacía

En medio del que preveo será el año con más tiempo libre de mi vida, quemo mis horas en la biblioteca. Hoy fui pronto, me senté y comencé a releer a Wordsworth... y aún recuerdo cuando le conocí, en un sofá del instituto Niels Bohr de Copenhague. La luz entraba por unas paredes inexistentes de cristal y acompasaba las cadencias de los versos con diferentes tonos e intensidades, refulgiendo en una espiral de éxtasis, exaltación, misticismo...

Hoy, no he sentido nada. Era como leer una de aquellas lógicas y útiles teorías económicas: sí, tienen razón. Pero ya. Me pregunto sobre el por qué de este cansancio... y vuelvo a componer. Fuera de toda exaltación, de todo sentimiento. Cierto es que lo leo entre unas paredes frías, un techo horrendo, una gente ruidosa; lejos del éxtasis silencioso (en palabras de Wordsworth) de aquella gran ciudad que me atrapó; en una ciudad gris, que me retiene a regañadientes empujándome al exilio, que no puede ofrecerme si no escudos heráldicos perdidos, incomprensión, y desprecio. Una ciudad con tanto pasado que teme y asfixia a su juventud con medidas rancias de una oligarquía decrépita.

 Sin nadie con quien compartir mi gran pasión, más allá del anónimo que tropieza con estos caracteres de alguien sin constancia, disciplina, o talento para ofrecer algo interesante.

Decía mi querido Conde de Monte-Cristo que es necesario sufrir para ser capaz de ser feliz, puesto que son sentimientos reflejos. Ahora me encuentro ante mi felicidad y no siento nada. Me fatiga. Es estéril. ¿Tendré solo pasión para sufrir?

Por tanto, ahí va, el mayor himno a la felicidad de este blog: una entrada sobre nada


 He aquí donde me entierro...

...y aquí donde desperté.

viernes, 7 de junio de 2013

Tiempo

Hoy todo ha ocurrido.

Hoy ocurrió aquel 22 de mayo de 1999. Todas aquellas noches posteriores fueron y son.

Fui un niño hace años, en una casa extraña, enorme, aristocrática y antigua de Aguilar de Campoo. Mis amigas dormían a mi lado pero yo no podía dormir. Les envidiaba porque ellas ya estarían en mañana.

Un día hace pocos años paso por la plaza San Juan y recuerdo como, en aquel lugar, un 18 de julio de 1936 los falangistas detenían a mi abuelo, que iba a buscar a su madre al trabajo. Y como le dejaron marchar. Como sobrevivió, y como yo pude existir ese día, superando un obstáculo más de la maraña de casualidades que me crearon.

Hoy mi abuelo dice que su madre le esta esperando. Hace meses dijo que vivía en la calle Padre Claret. Se mueve en el tiempo cada día. Hoy estaba en aquel día de 1936, y solo yo lo sabía. Y solo yo creía que el no estaba equivocado. Realmente está allí. Y estará. Y estuvo.

Yo ya he muerto, algún día en el futuro. La incertidumbre, de la que intentamos huir día a día, es lo único que atenúa la angustia de existir viendo como ese día se acerca. Pero hoy todo ha ocurrido ya.

Todo ocurrirá.

jueves, 23 de mayo de 2013

El Príncipe de Homburg

"Un sueño, ¿qué si no? "
Kottwitz

¿Soy acaso más real que aquel personaje, heraldo y huésped de la mente de un Dios?

Fue su duda más real que la triste conformidad con la que me ato al mundo basándome en el día anterior. Que la rutina con la que alejo cada noche ese terrible y salvaje pavor de la seguridad de un fin. Un pavor que me da dignidad.

¿No existió la mente de Von Kleist en un soporte físico, que en el Príncipe surcaba dándose forma a sí mismo?

Surca ahora mi mente como lo hará hasta el fin.


"Ahora, oh Inmortalidad, eres toda mía"
Heinrich Von Kleist

martes, 19 de febrero de 2013

sábado, 19 de enero de 2013

Federico


Federico.
Voy por la calle del Pinar
para verte en la residencia.
Llamo a la puerta de tu cuarto.
Tú no estás.

Federico.
Tú te reías como nadie.
Decías tú todas tus cosas
como ya nadie las dirá.
Voy a verte a la Residencia.
Tú no estás.

Federico
Por estos montes del Aniene
tus olivos trepando van.
Llamo a sus ramas con el aire.
Tú sí estás. 

 Rafael Alberti