Hoy, no he sentido nada. Era como leer una de aquellas lógicas y útiles teorías económicas: sí, tienen razón. Pero ya. Me pregunto sobre el por qué de este cansancio... y vuelvo a componer. Fuera de toda exaltación, de todo sentimiento. Cierto es que lo leo entre unas paredes frías, un techo horrendo, una gente ruidosa; lejos del éxtasis silencioso (en palabras de Wordsworth) de aquella gran ciudad que me atrapó; en una ciudad gris, que me retiene a regañadientes empujándome al exilio, que no puede ofrecerme si no escudos heráldicos perdidos, incomprensión, y desprecio. Una ciudad con tanto pasado que teme y asfixia a su juventud con medidas rancias de una oligarquía decrépita.
Sin nadie con quien compartir mi gran pasión, más allá del anónimo que tropieza con estos caracteres de alguien sin constancia, disciplina, o talento para ofrecer algo interesante.
Sin nadie con quien compartir mi gran pasión, más allá del anónimo que tropieza con estos caracteres de alguien sin constancia, disciplina, o talento para ofrecer algo interesante.
Decía mi querido Conde de Monte-Cristo que es necesario sufrir para ser capaz de ser feliz, puesto que son sentimientos reflejos. Ahora me encuentro ante mi felicidad y no siento nada. Me fatiga. Es estéril. ¿Tendré solo pasión para sufrir?
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