miércoles, 18 de septiembre de 2013

Entrada vacía

En medio del que preveo será el año con más tiempo libre de mi vida, quemo mis horas en la biblioteca. Hoy fui pronto, me senté y comencé a releer a Wordsworth... y aún recuerdo cuando le conocí, en un sofá del instituto Niels Bohr de Copenhague. La luz entraba por unas paredes inexistentes de cristal y acompasaba las cadencias de los versos con diferentes tonos e intensidades, refulgiendo en una espiral de éxtasis, exaltación, misticismo...

Hoy, no he sentido nada. Era como leer una de aquellas lógicas y útiles teorías económicas: sí, tienen razón. Pero ya. Me pregunto sobre el por qué de este cansancio... y vuelvo a componer. Fuera de toda exaltación, de todo sentimiento. Cierto es que lo leo entre unas paredes frías, un techo horrendo, una gente ruidosa; lejos del éxtasis silencioso (en palabras de Wordsworth) de aquella gran ciudad que me atrapó; en una ciudad gris, que me retiene a regañadientes empujándome al exilio, que no puede ofrecerme si no escudos heráldicos perdidos, incomprensión, y desprecio. Una ciudad con tanto pasado que teme y asfixia a su juventud con medidas rancias de una oligarquía decrépita.

 Sin nadie con quien compartir mi gran pasión, más allá del anónimo que tropieza con estos caracteres de alguien sin constancia, disciplina, o talento para ofrecer algo interesante.

Decía mi querido Conde de Monte-Cristo que es necesario sufrir para ser capaz de ser feliz, puesto que son sentimientos reflejos. Ahora me encuentro ante mi felicidad y no siento nada. Me fatiga. Es estéril. ¿Tendré solo pasión para sufrir?

Por tanto, ahí va, el mayor himno a la felicidad de este blog: una entrada sobre nada


 He aquí donde me entierro...

...y aquí donde desperté.

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